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libro vivo. Yo no podía entender por qué se me había dicho esto, porque aún
no tenía visiones. Después, desde a bien pocos días, lo entendí muy bien,
porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente,
y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas
maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su
Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito
sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que
no se puede olvidar!» (Vida, 26, 6).

La obra reformadora de Santa Teresa, la restitución y recuperación ascética
del Carmelo primitivo, brota en primer término, de dentro, del hondón de su alma,
de su experiencia de Dios, como enseguida vamos a recordar. Ahora bien, su
empresa espiritual hunde sus raíces en las corrientes de renovación del
catolicismo, que se remontan a la llamada devotio moderna, de finales del siglo XIV,
con su impulso de la meditación metódica y cristocéntrica; por otro lado, en el siglo
XVI han florecido nuevas formas de vida religiosa, como los hermanos de la vida
común y las primeras congregaciones de clérigos regulares anteriores al
nacimiento (en 1540) de la Compañía de Jesús: los teatinos en 1524 y los
capuchinos al año siguiente; los barnabitas en 1523 con su rama femenina de las
angélicas de S. Pablo; Angela Médici creó el instituto de las ursulinas en 1535. En
una palabra: la Iglesia católica conservaba fuerzas vivas y posibilidades de
renovación. En este cuadro histórico Teresa de Ávila refulge como el prototipo del
papel de la mística y de la vida religiosa femenina en la renovación del
catolicismo4.

En su reforma del Carmelo iniciada en 1562, Santa Teresa es deudora, en
primer término, del viejo reformismo hispano. Esta mujer es la hija de una España
que exhibía en la primera mitad del siglo XVI una vitalidad religiosa asombrosa,
donde los monarcas habían velado por la residencia de los obispos en sus diócesis
y donde se había puesto en marcha una reforma interna gracias al cardenal
Cisneros († 1517). Ahí está el inmenso trabajo sobre la Biblia apadrinado por el
cardenal Cisneros y que dio lugar a la Políglota de Alcalá (1514). El retorno a las
fuentes encontraba otra forma de expresión en los reformadores de la vida
monástica y religiosa bajo la inspiración de la devotio moderna. Junto a la
Universidad de Alcalá, florecía la de Salamanca que se había convertido en una
pequeña Roma. Era allí donde Francisco de Vitoria impartía sus famosas Lecciones
sobre las Indias y sobre el derecho de guerra (1538-1539). En aquel momento la
Universidad salmantina desempeñaba en la Europa que seguía siendo católica el
papel teológico que en el siglo XIII había ostentado la de París. Un buen número de
doctores de Salamanca han participado en el Concilio de Trento. No se debe al azar
que la Península Ibérica haya visto nacer a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz, a
San Ignacio de Loyola.

Una de las obras mayores de Santa Teresa es Camino de perfección, de
carácter muy práctico, y de amplia difusión desde su primera edición (1566), cuyas
primeras destinatarias fueron las carmelitas descalzas de S. José de Ávila. Esta
obra, que Teresa redactó dos veces, es un manual para la reforma de la Iglesia, que
se sitúa en el proyecto reformista iniciado por las fuerzas vivas de la Iglesia y del
Estado en la España de mediados del siglo XVI. Daniel de Pablo Maroto ha



4 G. BÉDOUELLE, La reforma del catolicismo (1480-1620), BAC, Madrid 2005, 101-111.

7| Teresa de Jesús: reformadora y mística
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